miércoles, 13 de enero de 2010

La ciudad huele a humedad

Me levanto de la cama de un salto, ¡con lo caliente que estoy entre las sabanas!, y pongo los pies en la fría tarima.

Me costó calentar las sabanas y después de lavarme con agua fría, me va a costar calentar la ropa, sobre todo porque siguen frías de la noche anterior y un poco húmeda.

Había dejado pagada la habitación y hecho el petate, así que de un portazo dejo la habitación y bajo por las crujientes escaleras, sus pulidas maderas son viejas, mal teñidas y con bastantes astillados.
Sonó la campanilla de la puerta cuando deje la pensión, nadie para despedirme, tampoco espero que haya nadie, como en la calle, vacía a estas horas.

Bajo hacia la plaza, la calle esta mojada de las últimas lluvias, resbalan los adoquines y brillan bajo las últimas luces de la noche. Las farolas se van apagando.

El mesón está abierto, algunos marineros y vecinos, pido algo caliente y entre los humos del tabaco veo una mesa vacía.

Paso un buen rato con mi café, escuchando aventuras y fantasmadas. La hora se va acercando, dentro de un rato embarco, para un largo viaje y eso me hace recordar que no tengo nada que leer.
Pago y salgo corriendo, anoche vi una vieja librería cerca de aquí.

La puerta está abierta, el aire de la librería esta enrarecido, olor al papel mojado, rancio polvo acumulado y a humo de tabaco de pipa. El librero detrás del mostrador, dormido hasta que golpeo la madera con los nudillos, le saludo y me acerco a una vieja estantería.

Al final compro un par de libros, uno de cocina, ¡no se porque! y otro de viaje.

Me fui acercando al embarcadero que no esta muy lejos.